La tercera ley de Newton afirma: «Toda acción tiene una reacción». Esto quiere decir que nuestras acciones, sean malas o buenas, tienen sus propias consecuencias. Y si tienen sus propias consecuencias, hemos de cuidar de que todas nuestras acciones estén perfiladas hacia el bien, esto es, hacia el buen decir y hacia el buen obrar. De modo que, si somos católicos y cristianos, del bien que hagamos o no se nos pedirá cuentas.
Por eso dice Jesús: «Les digo que se le pedirá cuentas a esta generación», a quienes se arrogan el saber y la ciencia, porque tarde o temprano todo se paga, dependiendo de la gravedad de las propias acciones o juicios. Pero la arrogancia, en cualquiera de sus formas, no es sino consecuencia de haber vivido sin límites, es decir, entre gustos y caprichos. Si un padre de familia no marca el rumbo de la vida de su hijo en el hogar, el hijo siempre estará a la deriva y desarrollará un carácter cesgado.
Por tanto, para que no suceda esto, es preciso comprender que «educar no es complacer» y que «saber decir sí cuando es sí y no cuando es no» es más que una norma de conducta. Educar es preparar a un hijo para un mundo que no gira en torno a sus antojos, gustos y caprichos. Si no se hace este trabajo, el hijo crecerá creyendo que en esta vida todo se puede negociar, incluidas la vida, la libertad y la propiedad de otras personas.
