San Alejo, fue hijo de un rico senador romano. Aprendió de su padre que las ayudas que se hacen a los pobres se convierten en tesoros para el cielo y sirven para el perdón de los pecados. Sin embargo, aún así, comprendió que su vida rodeada de riqueza era un peligro. Por eso, a sus 20 años, se fue de casa (Roma) a Siria, con la finalidad de vivir como un mendigo.
En Siria se destacó como «hombre de Dios«, pero lo que quería en realidad fue que para ser humilde hay que sufrir humillaciones. Entonces retornó a Roma. Fue a la casa de su padre como si fuera un mendigo desconocido. Y, sometido a trabajos humillantes, ofreció su sacrificio por los pecadores. De la misma manera, él estaba convencido de que el orgullo solamente se puede alejar aceptando ser humillado.

