El ser humano tiene un amigo: Dios. Pero también tiene un enemigo: el diablo. Si es así, no podemos ser neutrales. Los amigos de Dios hacen el bien (trigo) y sus enemigos el mal (cizaña). Pero el bien y el mal está arraigados en el mundo. ¿Cómo actuamos frente a esta realidad?
Jesús revela la actitud correcta. Por eso, en su parábola cuenta que los peones le preguntan al dueño: «¿Quieres que vayamos a arrancar la cizaña?». El dueño les contesta: «No. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha». Esta respuesta resalta la paciencia de Dios con nuestros males. Nosotros, ¿cómo podemos cultivar la paciencia?
- Acepte que el mal y el bien están arraigados en este mundo. Ten paciencia con la imperfección, relativice las cosas que te suceden. No te precipites ni reacciones emocionalmente, piensa antes de actuar, ya que la paciencia «todo lo alcanza» (Santa Teresa).
- Confíe en el juicio de Dios no en los tuyos. A Dios le toca juzgar, no a ti. Como dice el dicho: «la justicia tarda, pero llega».
- Enfóquese en el propio crecimiento reconociendo tus limitaciones. Reza diciendo: «Señor, dame paciencia para aceptar lo que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que sí puedo cambiar, y sabiduría para diferenciar entre ambas» porque en el mundo hay baja tolerancia a la frustración y poca disposición para el sacrificio, la disciplina y el trabajo.
