La Sagrada Familia de Nazareth, fue una familia ejemplar, creyente, simpática, buena y santa. Allí creció Jesús. Por eso, empleó tres horas para pagar nuestras deudas en la cruz, tres años para enseñar su Evangelio y treinta años para formarse como persona, obedeciendo y cumpliendo sus deberes de hijo de una familia.
De María, se dice que «ella conservaba todo esto en su corazón«. Se trataba de una mujer creyente y de gran oración. Es que para asumir los desafíos tan grandes que enfrentó, debía orar mucho y con fervor. Pues, sólo la oración fortalece en los momentos más difíciles de la vida. La falta de oración en una familia hace que las personas sean raquíticas emocional y espiritualmente. Oremos para que a ninguna familia cristiana se aplique esto que advierte el profeta: «el mal de mi pueblo es que no dedica tiempo a meditar y a pensar en serio«.
Por eso, conviene preguntarse: ¿dónde se forman personas ejemplares, creyentes, simpáticas, buenas y santas? Al interior de una familia… Allí donde hay una referencia paterna y materna. Es allí donde los hijos aprenden a honrar padre y madre, aprenden también la humildad, el respeto y la obediencia. Pues, dice la escritura, «a quien trata bien a sus padres le sucederán cosas muy buenas«.
La Familia es, después de Dios, la fuente que más sagrados afectos y más santas alegrías proporciona a los hijos, es el lugar donde ellos adquieren salud mental y espiritual… Que nuestros hogares sean una copia de la Sagrada familia de Nazareth.
