Jesús al preguntar a sus discípulos: «¿quién dice la gente que soy yo?» pretende evaluar todo su recorrido y sus obras. Este es un gran legado para la humanidad: evaluar lo que decimos y hacemos. ¿Con qué criterios? Con los criterios de la gracia de Dios y de nuestra condición de hijos.
El que no evalúa lo que hace y lo que dice, tarde o temprano fracasará. No tendrá la oportunidad de progreso ni de mejora. Es relativamente fácil evaluar a otros. Pero ¡qué difícil es evaluarse a sí mismo!
Por ejemplo: un día vinieron al Colegio los del Ministerio de educación a pedirme documentación, a revisar la infraestructura, señalizaciones, etc. Yo les pregunté: como pueden evidenciar, todo lo tenemos en orden, ¿porqué no van a la escuelita tal a evaluar? Uno de ellos me contestó: «es que el gobierno no puede fiscalizarse a sí mismo». En realidad, el gobierno debería ser el primero en evaluarse, presentar las cuentas, para saber cuánto debe o no gastar, porque no está manejando los recursos de su bolsillo sino los de todos. Por eso somos el país más corrupto de la región y el segundo a nivel mundial. Esto exige abrir los ojos.
Por tanto, el secreto de todo progreso material y espiritual está en: saber evaluar lo que hacemos y decimos de acuerdo con la gracia de Dios y con nuestra condición de ser hijos.
