El amor es la síntesis de todos los mandamientos de la ley de Dios. Así advertía Agustín de Hipona, diciendo: ¡Cuidado con el 38! ¿Por qué? Los mandamientos son 10. Los 10 fue sintetizado por Jesús a 2: «amor a Dios y al prójimo«. Por tanto, si le quitas 2 (o sea, «el amor a Dios y al prójimo«) al número 40, que es el número de la plenitud —tal como aparece en la Biblia— te quedas con el 38, y éste no te garantiza la salvación.
Por eso, para Agustín de Hipona, como para san Pablo, el amor es la plenitud de la ley. Por eso dice san Pablo: «el que ama a su prójimo, ya cumplió toda la ley…, porque el amor es la plenitud de la ley«. Agustín de Hipona concluye diciendo: «Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor«.
El tema de hoy es la «corrección fraterna«. ¿Qué es? significa corregir con amor. Pero ¿por qué corregir? Porque somos centinelas del bien, de la verdad y de la justicia, al interior del Pueblo de Dios. Corregir es, por tanto, una tarea que cumplir. Pero, hay que corregir con amor, sin criticar, ni hablando a espaldas, sin murmuraciones, esto es, en privado, para ganarse el corazón del hermano/a. No le eches en la cara sus faltas. Aunque, esto es un eterna tentación: gritarle en la cara. Por tanto, siempre que queramos corregir a alguien, corrijamos con amor, porque somos hijos e hijas de Dios y tenemos el deber de ayudarnos a ser mejores.

