Existen 3 males que debemos superar. Si no lo hacemos, nuestros hijos se irán de nuestras manos. ¿Dejaremos que esto suceda?
- Ser como perros mudos. Callamos muchas cosas y nos volvemos cómplices. Decimos ¡sólo son muchachos! ¿Qué es un vasito, una botellita? No. Hay que dejarnos inspirar por Dios. Para Jeremías, la Palabra de Dios era «fuego ardiente». Santa Margarita decía: «solamente tengo que escribir». Jamás nos quedemos callados contra los peligros del pecar. Hay que escuchar a san Pablo: «Predica, reprende e insiste, a tiempo y a destiempo» (2Tim 4,2). Esa es nuestra tarea.
- Ensuciar el cuerpo. ¿Qué cosas lo ensucian? La pornografía, el alcohol, la borrachera, el ocio, etc. Por eso dice san Pablo: «ofrezcan sus cuerpos como víctima viva, santa, agradable a Dios. Ese el verdadero culto». Pero, ¿qué dicen los muchachos?: «la estamos pasando bien, estamos siendo felices». Pero, ¡chaval! Estás fuera de toda norma. Aprende a respetarte y a respetar a la otra persona.
- Esconder la cruz. Este el mayor mal y la doctrina más perniciosa que existe: «que mis hijos no sufran, como yo sufrí». Quienes dicen eso son demasiado blandos, permisivos y le dan todo. Hasta novia le dan. ¿Cómo solucionamos? Insiste en la disciplina, los límites y el respeto. Hay que criarlos como a pobres. Así aprenderán a llevar sus propias cruces.
