Cristo, Rey del universo, representa nuestra condición real. Ser rey es asunto de dignidad. David fue ungido rey. Cristo es «imagen de Dios invisible» y «es el primero en todo». En el Evangelio Jesús es reconocido como Rey, por eso rezamos: «Venga a nosotros tu Reino». Esa condición real hemos heredado todos sus seguidores el día de nuestro Bautismo. En el hogar, el padre es el rey, la madre es la reina y el hijo es el príncipe. Los príncipes le deben obediencia al rey y a la reina, ya que sin ellos no pueden subsistir. En la medida en que sepan obedecer, ellos también llegarán a ser reyes y reinas.
En la vida cristiana hemos de reafirmar esa condición real. Como el hijo del rey Luis XVI, quien a sus detractores les dijo: “Yo he nacido para ser rey”. Esa dignidad real, vivida y reafirmada, nos otorga la superioridad moral. Esa superioridad moral nos exige ser amigos de lo mejor, de la cultura sana, de la pulcritud, de la decencia, de los buenos modales y de la limpieza mental.
En consecuencia, en Cristo, Rey del Universo, somos constituidos hijos del Rey Celestial Todopoderoso. Esa condición hemos de vivir con entrega, trabajo, disciplina y con esmero. Eso nos da dignidad, la dignidad de ser “imagen y semejanza de Dios” (Génesis 1,27). No somos creados por un Dios miserable, progre, woke, hippie, rapper o regue sino por el Rey Celestial Todopoderoso. Así que, como hijos de ese Dios, nada de envidias, flojeras, borracheras, inmoralidades. Más bien, en esta vida, “andemos como en pleno día, con dignidad” (Romanos 13,13), como corresponde a hijos de Dios.
