Atila, llamado el flagelo de Dios, recorría barriendo con su espada toda Europa. Su idea era conquistar la capital del imperio romano. Estando en su tienda de campaña con sus oficiales, recibió el anuncio de la llegada de la embajada de Roma, encabezado por el Papa León Magno (390 – 461), obispo de Roma y jefe de la cristiandad.
Atila le salió al encuentro y se soltó una carcajada al verlo, y susurró: “ese León se convertirá en un ratoncillo ante mí”. Y, cuando se acercó más al Papa León Magno, le preguntó:
— ¿Eres tú el que viene en nombre de la ciudad de Roma?
El Papa contestó con firmeza:
— No. Yo vengo de parte de Dios.
Atila replicó:
— ¿Qué tienes que decir en nombre de ese Dios?
El Papa León dijo convencido:
— Venciste muchos pueblos. Pero debes librar la batalla más gloriosa que existe.
Atila contestó:
— Sí, vencer a Roma.
Y el Papa sentenció con tesón:
— Librar la batalla más gloriosa de tu vida consiste en vencerte a ti mismo, en vez de ambicionar dinero y poder, sembrar luto y llanto en las familias de Europa. De lo contrario, tus días está contados.
Aquellas palabras poderosas del Papa san León Magno, desembocaron en la retirada del ejército de los hunos a quien Atila representaba.
Así, una vez más, se cumplió lo que dijo Lao Tze: “El que conoce lo exterior es erudito, quien se conoce a sí mismo es sabio, quien conquista a los demás es poderoso, quien se conquista a sí mismo es invencible”.
San León Magno, ruega por nosotros.
