La Virgen María es la evangelizadora más poderosa. En la Tierra, vivió una vida sencilla amando a su Hijo Jesús hasta el extremo. Desde el Cielo, como Reina, sigue intercediendo por nosotros y nos acerca a la gracia de Dios.
En 1531, se apareció a San Juan Diego en Tepeyac. Le habló en su idioma nativo y le pidió construir una capilla, invitándole a sentir y experimentar su amor materno, diciéndole: ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás tú, hijo mío, bajo mi amparo y protección? ¡No temas ni te inquietes por cosa alguna! Estas palabras de protección y ternura fueron reveladas, tal cual, por Juan Diego al Obispo Zumárraga, quien, sin darle mucho crédito, exigió una señal para creerle y no equivocarse.
Entonces, la Virgen le indicó a Juan que recogiera unas rosas que florecieron milagrosamente en pleno invierno. Al llevarlas en su tilma ante el obispo, la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe quedó impresa en la tela. Este milagro inspiró la conversión de millones de indígenas. Hoy, al honrarla, pidamos su intercesión para que el mensaje de salvación de su Hijo llegue a todos los corazones.
Virgen de Guadalupe, es enorme la compasión por el pueblo que te suplica, es inmensa tu ternura para los que vivimos en este mundo que a veces es muy doloroso, es infinito tu amor para con todos tus hijos e hijas que confían en tu intercesión. Señora y madre nuestra, por tu intercesión, muéstranos a tu Hijo y guíanos a su salvación, para que seamos fieles seguidores suyos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
