El cristiano es una persona de esperanza. Tiene la tarea de invertir en el Cielo. Esa es nuestra perspectiva de futuro, nuestra Meta, el «Cielo«, al que esperamos llegar, pues dice la escritura: «A jesús lo vieron elevarse y una nube lo ocultó«, es decir, «Jesús subió a los cielos y se sentó a la derecha de Dios«.
No podemos ser como este joven que, entre lágrimas, me contó su situación desgarradora. Finalmente me dijo: «ya no creo en nada«, como desafiándome. Todos eran culpables. Él no era más una víctima. Entonces le pregunté: ¿Cuál es tu perspectiva de futuro, tu meta, tu Cielo? Tampoco podemos ser como aquella mujer, que con sus aportes sólo pudieron construirle en el Cielo una choza de cartones y basuras. Mucho menos como ese cristiano, a quien le preguntaron: «¿usted cree que Jesucristo, en la hostia, en la Misa, en Dios, en la Ascensión, en la Trinidad?«. Él contestó: «Sí, creo en todo eso«. El otro replicó: «Me parece raro. Pues, si yo creyera tú, no faltaría a Misa e iría a comulgar frecuentemente, pero en usted no veo nada de eso«. No hemos de perder la perspectiva de «Cielo» que ha de ser manifestado en nuestras obras de cada día, aunque a veces corremos el riesgo de ser cristianos de nombre, por comodidad, por estatus o por costumbre.

