Al ser humano de este tiempo no le gusta obedecer los mandamientos de Dios ni lo que prescriben sus propias declaraciones. Tanto el espíritu de los Mandamientos como de sus declaraciones, son vistos como prohibiciones que obstaculizan el libre despliegue de los instintos, caprichos, opiniones y deseos. Uno de esos caprichos se llama: adulterio.
Comúnmente, las personas ven el adulterio como un escaparate alternativo al cumplimiento que exige las prescripciones del Matrimonio. En cambio, Jesús ve como un daño que afecta a las personas. Por eso Él insiste en la indisolubilidad del Matrimonio, pues de fondo está la idea de que los niños solamente crecerán sanos y fuertes teniendo como referente la figura paterna y materna al interior de la familia, garantizada por la unión matrimonial.
Por tanto, lo más recomendable es insistir en el valor de las relaciones sanas entre el varón y la mujer, tal como Dios lo estableció.
Esto es posible en la medida en que las personas involucradas en un mismo proyecto, como el Matrimonio, tengan la intención de obedecer sus prescripciones. De manera que el heroísmo de la vida matrimonial reside en el esfuerzo, la constancia, la fidelidad y el sacrificio cotidiano, para que la otra persona se sienta amada y realizada. Así se concluye que el pleno cumplimiento de las declaraciones y los Mandamientos facilita las relaciones sanas entre las personas.
