El pueblo de Israel es comparado con un gran cedro, donde «aves de toda especie anidarán a la sombra de sus copas«. ¿Por qué? Porque así lo hará Dios. En el Evangelio Jesús utiliza dos metáforas, la del trigo: «qué crece y crece hasta la cosecha«, y la de grano de mostaza: «siendo pequeña crece hasta convertirse en un árbol donde anidarán las aves del cielo«. Esto implica 2 aspectos a considerar:
Primero: los creyentes, ante el peligro del desánimo, son llamados por Dios a la esperanza —en medio del poderío de los paganos— y a la paciencia, pues las cosas no se harán de la noche a la mañana sino dando un pasito a la vez —pero sin desfallecer— siempre orando, sacrificándose, trabajando constantemente. Segundo: Jesús ayuda a los creyentes a visualizar el Reino de Dios con ejemplos sencillos, advirtiendo la necesidad de corregir el propio comportamiento de acuerdo con Él. No sea que nos digan como al rey Baltasar: «has sido pesado en la balanza, y en los referente a las buenas obras, has sido hallado falto de peso…» (Daniel 5,27-29).
Quizás ilustre aquello que le sucedió a un pintor del siglo XVI, a quien le encargaron pintar un cuadro que retrate el Reino de Dios como un gran árbol, bajo el cual se encuentren cobijados muchas personas. El artista pintó y la noche que había terminado su obra soñó que Jesús le dijo: «tu cuadro tiene un defecto. Sólo tiene personas de raza blanca y de 20 a 50 años. Pero mi Reino cobija también a los negros, amarillos, morenos, niños, ancianos y enfermos«. Gracias a esa revelación el pintor corrigió su cuadro colocando, debajo del árbol del Reino de Dios, gentes de todas las razas, edades, enfermos, ancianos y mendigos.
Nosotros también, siguiendo las enseñanzas de Jesús, que nos invita a la esperanza, a la paciencia y al optimismo —superando nuestros desánimos y precipitaciones— podamos mejorar nuestra vida y mejorarnos a nosotros mismos delante de Dios y en relación a nuestros semejantes.
