San Casimiro (que significa: el pacificador), de Cracovia, Polonia, nacido el 1484, recibió una buena educación y además tuvo la suerte de que el rey le consiguiera dos maestros buenísimos para su formación. El padre Juan, sabio y santo, y Calímaco, un sabio famoso. El primero dijo de Casimiro: «adolescente santo» y el segundo también dijo: «joven excepcionalmente virtuoso«.
Pues ese joven, adquirió un gran anhelo de agradar a Dios. Siendo hijo del rey se propuso dominar sus pasiones sensuales para no manchar su alma, se mortificaba en el comer, el beber, el mirar y el dormir, en medio de una realidad real donde se prefería la vida fácil, cómoda y abundante en comilonas.
Meditaba sobre la agonía de Jesús en el Huero de Getsemaní, los azotes que padeció, la corona de espinas y las bofetadas que recibió el Señor Jesús. También tenía una gran devoción a Jesús sacramentado. Su caridad para con los pobres fue un verdadero don del Espíritu Santo. Prometió a la Virgen María conservarse en perpetua castidad. Así no cometió pecado alguno.
Murió santamente a los 26 años, dejando en sus coterráneos un gran recuerdo de bondad y de pureza. Sin duda, se trataba de un santo joven muy entusiasta por la religión católica y su principios. Después de 120 años, cuando abrieron su sepulcro, encontraron que su cuerpo yacía incorrupto.
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