El mal de nuestro tiempo es la falta de fe. Esto sucedía también en tiempos de Jesús y, por eso, «Él se asombraba de la falta de fe de sus paisanos«. Una noche, en sueños, san Juan Bosco recibió la advertencia de santo Domingo Savio: «en tu vida habrías logrado el doble de éxitos de lo que has obtenido, si hubieras tenido un poco más de fe en Dios«. Y desde esa vez, Don Bosco oraba: «Es verdad, Señor, aumenta mi fe. Por tu gracia, borra toda incredulidad que hay en mi«.
La falta de fe nos hace rebeldes ante Dios. Por eso dice Dios: Israel «es un pueblo rebelde«, que no hace caso a mi mensaje. En ese contexto, el profeta tiene el deber de proclamar la Palabra de Dios, le hagan caso o no. Y, para ello, «le basta Su gracia, pues su poder triunfa en la debilidad«, como sucede con Pablo, quien dice: «muy a gusto presumo de mis debilidades… porque cuando soy débil, entonces soy fuerte«. Dios es quien fortalece con el don de la fe en los momentos de debilidad.
Un día, santa Catalina fue a rezar al templo, y le reclamó: «Jesús, ¿dónde te fuiste en esa hora tan espantosa?«. Él le contestó: «Yo no me alejé de ti. Estuve ahí fortaleciéndote para que no te dejes vencer«. Otra religiosa que pedía a Dios que calmara su dolor, luego de una revelación, llegó a pedir fortaleza para resistir el dolor. Así transformó su vida.
Por tanto, el que no confía en el Señor Jesús será pobre, infeliz y desdichado. Más, el que confía en Jesús, será bendecido. ¿Por qué? Porque los milagros se producen proporcionalmente a la fe del que lo va a recibir. Pues dice el Evangelio: «según sea tu fe, así serán las cosas que te van a suceder«.
