No hay un ser más indefenso que una oveja sin pastor. La cabra es ágil y se sube a las rocas para defenderse. La zorra es astuta y sabe cómo huir del peligro. La loba tiene colmillos poderosos. La osa posee una fuerza descomunal. La leona tiene una gran habilidad de ataque. Pero, a diferencia de estos animales, la oveja no tiene quien le defienda sino un buen pastor que sepa guiarla y dar su vida por ella.
En el ámbito espiritual, nosotros somos como la oveja. ¡Ay de nosotros si no tuviéramos un buen pastor! Sucedió en la vida de san Bruno, quien tenía dos amigos —quienes en su ausencia— vivían como enemigos recalcitrantes y, sólo, a su regreso del santo, supieron reconciliarse. Nosotros también, como aquellos amigos, tenemos un Buen Pastor, que es Cristo, que nos ofrece su compasión.
Pero, a veces vivimos como ovejas sin pastor. Porque hay «pastores que no pastorean al pueblo de Dios y lo dejan perecer«. Padres que no le hablan de Dios, ni de la salvación, ni de la eternidad a sus hijos. Alumnos y universitarios que, en vez de escuchar algo a cerca de Dios, escuchan palabras en contra de la religión y la fe. Médicos que, cuando debían favorecer a la vida, ayudan a abortar. Abogados que, en vez hacer justicia, se ocupan de sacarle dinero de cualquier forma a sus clientes.
Por tanto, para revisar nuestra vida, necesitamos un tiempo fuerte de retiro para mejorar nuestras relaciones humanas, destruyendo los «muros del odio« que nos separa entre «judíos y gentiles» y que no nos deja vivir como verdaderos hermanos.
