Enseñar a Hacer el Mal es lo Peor que puede hacer un creyente. Por eso dice Jesús: «el que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mi, más le valdría que le ataran a una piedra de molino…«. Para Jesús, pecar es algo muy grave, pero enseñar a pecar a otros es inmensamente peor. Hay personas que enseñan a pecar a otros. Los que dicen: «sírvase, ¿qué es una botellita?«; «mejor que experimenten ahora, que después«; «después de todo son muchachos«; «pero si fue una mentirita piadosa«.
Cierta vez murieron un asesino y un escritor de novelas pornográficas. Después del tiempo de purificación, el asesino fue liberado pero el otro no. Él reclamó y el guardia le contestó: «tú continuarás pagando tu condena, porque la gente que sigue leyendo tus novelas sigue pecando«. Esa puede ser nuestra suerte si incitamos a pecar a los demás.
Jesús quiere que seamos radicales, no tibios. Hemos de tener el coraje de cortar con todo lo que nos hace pecar, nos encamina al vicio y nos corrompe. Si el celular nos corrompe, hay que tener el valor de dejarlo; si un amigo nos incita a hacer el mal, hay que tener el coraje de alejarse; si una persona mayor te incita a hacer el mal, incluso hay que denunciarlo porque está penado por la ley.
Nuestra tarea de creyentes, por tanto, es ser profetas enseñando a hacer el bien, entrenando en los buenos hábitos, guiando, corrigiendo, enseñando a respetar, ayudando a los demás con lo que tenemos, sabiendo que no nos llevaremos nada cuando muramos.
