Le preguntaron a Robert Baden-Powell, ¿cuál es el camino más adecuado para ser feliz? Él contestó: «la mejor manera de ser feliz es haciendo felices a los demás«. Esa es la norma y en eso insiste Jesús: «el que quiera ser el primero, debe hacerse el último y el servidor de todos«. Esto quiere decir que para Jesús el valor de una persona radica en su capacidad de servicio, o sea, en la capacidad de hacer felices a los demás. No en mendigar aplausos y altos puestos como ciertos discípulos que discutían sobre quién de ellos iba a ser el Ministro de gobierno.
Cuando uno vive según la lógica del mundo anda creando conflictos, buscando sobresalir, detrás de estériles competencias. Y, «cuando no consiguen lo que quieren, matan, marchan, pelean, acusan y se hacen la guerra«, «con el único fin de satisfacer sus pasiones» y caprichos, de tal forma que la presencia del justo les resulta incómodo y por eso lo rechazan, tal como sucedió con Jesús.
Sin embargo, nosotros, hemos de ser servidores de los demás. Un día, el Papa Pío X, llevó al Vaticano a sus hermanas pobres. Cuando los empleados le preguntaron que debían llamarlas, ¿condesas o princesas? Él les contestó: «Servidoras«. Ese es el nombre que prefirió el Señor para nosotros, que seamos «servidores«. Por tanto, hemos de entrenarnos en el servicio generoso que prestamos a los demás y entrenar a las nuevas generaciones en el servicio generoso, como hizo el rey Persa con sus súbditos.
