Todos ejercemos cierta autoridad en algún rubro de la vida, como en la familia o en el lugar de trabajo. Esa autoridad hemos de ejercerla con un espíritu de servicio, no con altanería ni prepotencia. Por eso dice Jesús: «El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga el servidor de todos. Porque el Hijo del hombre no vino a ser servido sino a servir y dar su vida («sacrifica su vida por la reparación» y «se somete a pruebas, como Jesús el Hijo de Dios») en rescate por una multitud«.
Existen dos tipos de personas: unos venden bienes y servicios (con lo que facilitan la vida de las personas) y otros venden ilusiones. ¿A quienes? A las personas vulnerables, a los que tienen hambre, porque ellos son fáciles de ilusionarlos con promesas. Entonces, ¿quienes sirven mejor a la humanidad, los que venden bienes y servicios o los que venden ilusiones? Evidentemente, los que venden bienes y servicios porque mejoran la calidad de vida de las personas.
Nosotros, los creyentes, en el servicio que prestamos, hemos de ser los mejores servidores, como padres y madres de familia, como educadores, como hijos/as, como autoridades, como empresarios, como profesionales, como lo que somos, porque el servicio nos define como personas. Es más, el servicio lo llevamos en nosotros como una especie de semilla (Dios, vendedor de semillas) para hacerlo crecer y mejorar el mundo en que vivimos. Gracias a la práctica del servicio nos hacemos bondadosos, solidarios, pacíficos, humildes y personas de bien. Por eso, cualquiera que presta un servicio a los demás, ayuda a mejorar el mundo, así como sucedió con la mangosta.
