El reto de la vida cristiana es ser «alguien» para Dios y no un «don nadie». Es un «don nadie» aquel que religiosamente cumple los mandamientos, no hace daño a nadie, hace lo que hacen los demás, etc. Llegan a ser buenos, pero son tibios y neutros. Es «alguien» aquel que escucha a Jesús y actúa en consecuencia. Esto significa arriesgarlo todo para procurarse la santidad y conseguir la Vida eterna.
Jesús le pide al joven rico: «Vende lo que tienes, dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme«. Para seguir fielmente a Jesús, hay que arriesgarlo todo. Por tanto, alcanzarán la santidad aquellos que están dispuestos a jugárselo todo, darlo todo, gastarlo todo, desprenderse de todo por el Reino de Dios.
Pero aquello sólo será posible con la ayuda de Dios. Por eso es necesario rezar a Dios para que nos dé sabiduría y prudencia. Pues Él, de «un bueno para nada«, nos puede hacer un gran santo como hizo con san José de Copertino. Simplemente, hay que estar atento a su Palabra, «viva y eficaz, como una espada de doble filo«, ya que para Dios no hay nada imposible. De una mujer del pueblo, como María, la hizo madre de su Hijo. Y ella se convirtió en modelo de fe, de amor a Dios, al prójimo, y la prontitud para hacer favores a los demás.
