La sabiduría habitará en la Asamblea de los santos: «Yo eché raíces en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su herencia«. La sabiduría representa a Dios que viene al encuentro del ser humano, «para que fuésemos santos e irreprochables delante de Él» en Jesucristo su Hijo.
En el Evangelio, dice «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y, de su plenitud, todos hemos recibido gracia sobre gracia«. En esa encarnación del Verbo, o sea, en el nacimiento del Hijo de Dios, en un lugar humilde, todos hemos visto su Gloria. Él representa la redención, la salvación y el perdón de nuestros pecados.
Conviene preguntarnos, ¿vivimos de acuerdo con el espíritu del nacimiento del hijo de Dios? Frecuentemente, como dice san Agustín, «los seres humanos son curiosos para averiguar vidas ajenas y perezosos para corregir la propia«. Esto no es vivir de acuerdo con el espíritu de la Navidad.
Sin embargo, si Dios se ha encarnado y nosotros hemos visto su Gloria, quiere decir que Dios está detrás de nuestros proyectos, sueños, metas, pensamientos, mejores deseos. Pues, Bertrand Russel dice: «cuida de tus pensamientos, porque son susceptibles de convertirse en hechos reales«. Y si esto es posible, nosotros hemos de ser empeñosos que, en vez de ocuparnos de cosas ajenas o de otros, empeñarnos en convertir nuestros sueños y metas en obras reales sabiendo que Dios está apoyando lo que hacemos. Por eso, quizás hemos de seguir la enseñanza de san Agustín: «reza, como si todo dependiera de Dios; trabaja, como si todo dependiera de ti«
