San Julián, Mártir (231-304), nació en Antioquía, Siria. Sus padres le quisieron casar con una señorita de padres muy ricos, pero él prefirió decirle a ella la idea conservarse puro. Entonces, ambos tomaron la decisión de guardar la castidad y conservarse puros. Posteriormente, Julián se convirtió en un gran monje que, practicando el ayuno, la abstinencia, la oración y la meditación, todos los días de su vida, consiguió muchos beneficios espirituales. Aunque era muy riguroso consigo mismo a las demás personas las apreciaba muchísimo y les trataba con mucho amor.
Posteriormente, sucedió que en Antioquía se desató una persecución en contra de los cristianos. El gobernador Marciano ordenó apresar a Julián y a sus seguidores. Centenares de cristianos fueron quemados y torturados. El día en que le tocó comparecer a Julián, ante el gobernador, éste le ordenó:
— Le ordeno que adores la estatua de nuestro emperador.
Julián le contestó:
— Yo no adoro a nadie más al Único Dios del cielo.
El gobernador repuso:
— Pero, si su Dios y emperador es el César de Roma.
Julián replicó:
— Al Único a quien le debo adoración y obediencia es a Nuestro Señor Jesucristo.
El otro interrogó mofándose:
— ¿Cómo se le ocurre creer en uno que fue crucificado y muerto?
El santo, con un aura de sonrisa, contestó:
— El crucificado y muerto, a quien se refiere, ha resucitado y está sentado a la derecha de Dios.
Entonces el gobernador le dijo:
— ¿Te ríes de nuestro dioses y del emperador? Ahora te tocará sufrir los tormento más horrorosos que jamás tuviste en tu vida.
El santo replicó:
— No se preocupe, señor, gobernador. Dios ayuda a los que son sus amigos y Cristo Jesús es el que le da su fortaleza, pues son más importantes y poderosos que el emperador.
El perseguidor, al no poder convencerle, cambió de táctica y le ofreció grandes premios, diciendo:
— Tus padres eran personas importantes en esta ciudad. Si dejas de ser cristiano y adoras a nuestros dioses, se te dará puestos de primera clase.
San Julián le contestó:
— Mis padres me están observando desde el cielo y están contentos por honrarlos al proclamar mi fe en Cristo y serle fiel incluso derramando mi sangre.
Dicho esto, comenzaron a golpearle con látigos que tenía unas púas de acero. Mientras esto sucedía, una de las púas de hierro se desprendió del látigo y fue a dar en el ojo del propio castigador. San Julián, al advertir lo ocurrido y el quejido de dolor, imponiéndole sus manos, le curó inmediatamente el ojo dañado. Luego, los verdugos le cortaron la cabeza y, el joven Celso, hijo del perseguidor Marciano, al ver el testimonio tan alto del que ofrendaba su vida por Cristo, concluyó declarándose cristiano. Estos dos últimos hechos fueron considerados como los milagros más prominentes realizados por san Julián.
San Julian, mártir, ruega por nosotros
