Laura Vicuña (1891 – 1904), fue la hija que ofreció su vida a Dios por salvar a su Madre. Siendo su padre un jefe político y miembro de un alto mando militar, tras una revolución en la que fue derrocado el gobierno, la familia Vicuña huyó a 500 kilómetros de la capital, en Chile, donde su padre murió cuando ella apenas tenía dos años. Su madre, con sus dos hijas, Laura y Julia, emprendió un largo viaje de ocho meses hacia las pampas de Argentina. Allá se encontró con un ganadero brutal y matón con quien se juntó. El hombre se llamaba Manuel Mora.
Luego, siendo ya interna del colegio de las hermanas salesiana de María Auxiliadora, en la clase de religión, Laura, escuchó de los labios de su maestra «que vivir en unión libre, sin casarse, es pecaminoso«, se desmayó. En otra ocasión, en relación al mismo tema, palideció. Entonces, al advertir aquello la maestra, comunicó a la hermana directora:
— ¿Por qué será que Laura Vicuña se asusta tanto cuando hablo de que es pecado vivir en unión libre?
La superiora aconsejó:
— Cuando vuelvas a hablar de ese tema y la niña se asusta, por favor, cambie de tema.
Evidentemente, Laura, al ser una niña tan aplicada a los estudios y al tomar en serio las lecciones de religión, se había dado cuenta de que su madre Mercedes estaba en pecado mortal y era reo de condenación eterna al vivir con ese hombre. Entonces se propuso: Ofrecer su vida a Dios con tal de que su madre abandone a ese hombre con quien vive en pecado. Por eso, el día de su Primera comunión, ofreció completamente su vida en sacrificio a Jesús y fue admitida como «Hija de María«, la madre de Dios.
Un día, se inundó el colegio donde estudiaba. Laura, ayudó a salvar la vida de las más pequeñas pasando largas horas de frío y Dios fue aceptando el sacrificio por salvar el alma de su madre. Sin embargo, como consecuencia de ese esfuerzo, comenzó a palidecer y a debilitarse. También sintió una enorme tristeza al saber de que no será aceptada en la Congregación porque su madre vivía en concubinato.
Los dolores se intensificaron, los vómitos le atacaron, cayó en cama, pero siguió orando. Entonces le dijo a Dios: «Señor, no importa que yo sufra, pero que mi madre se convierta y se salve«.
Posteriormente, entró en agonía y, al recibir la visita de su madre, le susurró:
— Mamá, desde hace dos años ofrecí mi vida a Dios en sacrificio, para obtener que tú no vivas más en unión libre. Que te separes de ese hombre y vivas santamente.
La señora Mercedes, comprendiendo lo que quería decir su hija, contestó llorando:
— ¡Hija mía! ¿Todo tu sufrimiento entonces es por mi causa? ¡Oh Laurita! ¡Qué amor tan grande me tienes! Si es así, te juro que hoy mismo no volveré a vivir con ese hombre. Dios es mi testigo. Desde hoy cambiará mi vida.
Madre e hija se abrazaron y lloraron juntas. Después, Laura le contó la promesa de su madre a su confesor y un aura de serenidad y alegría inundó su rostro. Recibió la unción de los enfermos, besó su crucifijo y mirando a su amiga que estaba al lado, dijo: «Gracias Jesús, gracias María«. Y murió dulce y santamente, después de haber cumplido la misión de salvar a su madre.
Beata Laura Vicuña, ruega por nosotros
