San Fulgencio de Ruspe (468 – 533) fue un excelente administrador y tesorero general de su provincia donde vivía. Alarmado ante los peligros de pecar que hay en el mundo, se decepcionó de la vida material y se dispuso a dedicarse a la vida espiritual.
Fulgencio significa: resplandeciente, brillante. Al leer uno de los sermones de san Agustín, donde se meditaba el contenido del salmo 36, que dice: «No envidies a los que se dedican a obrar mal, porque ellos se secarán pronto como la hierba. Dedícate a hacer el bien y a confiar en el Señor, y Él te dará lo que pide tu corazón«, comenzó a leer libros espirituales, orar fervientemente, hacer ayunos y penitencias.
A los 22 años, cuando pidió al Superior de un monasterio ser admitido como religioso y, éste, sabedor de que se trataba de un hombre de negocios, le dijo:
— Primero aprenda a vivir en el mundo sin dedicarse a placeres prohibidos. ¿Se imagina pasar de una vida con dinero y comodidades a una vida de ayuno, pobreza y penitencia?
Entonces, Fulgencio, replicó:
— Padre, el buen Dios que me iluminó a optar por una forma de vida, ¿no me dará fuerza y valor para soportar todas las penitencias?
Tal respuesta impresionó tanto al Superior que terminó admitiéndole a la vida religiosa. Sin embargo, su madre, enterado de la situación, fue a la puerta del convento a gritar que Fulgencio debía dedicarse a la administración de los bienes que tenía en la empresa familiar. Insistió tanto que Fulgencio tuvo que huir de noche a otro convento. Posteriormente, llegó a la ciudad de Siracusa de Sicilia, Italia y, de allí, a Roma. En Roma, al asistir a las impresionantes y solemnes ceremonias, dijo: «Dios mío, si aquí hay tanto esplendor, ¿cómo será en el cielo?».
Posteriormente, fue nombrado obispo de la ciudad de Ruspe pero, un rey hereje, Trasimundo, expulsó a todos lo jefes de la Iglesia católica enviándolos a la Isla Cerdeña. Desterrado escribió su doctrina contra los herejes arrianos (que niegan que Jesucristo sea Dios) y, al salir de allí, les dijo a los católicos del lugar quienes lloraban:
— No se afanen. Pronto volveré y ya no me volverán a desterrar.
Y, poco después, tras la muerte del rey hereje, Hilderico determinó que todos los católicos desterrados volvieran a su país. Junto con ellos, también Fulgencio, regresó a su patria.
San Fulgencio de Ruspe, ruega por nosotros
