«Vinieron por lana y se fueron trasquilados» por no aceptar el Evangelio de la segunda oportunidad. Pusieron a Jesús entre la espada y la pared, llevándole a una mujer sorprendida en adulterio. De modo que si ordenaba Jesús ¡apedréenle! Iban a decir: ¡Uf, qué tipo tan inhumano y cruel! Y si le soltaba, iban a decir: ¡se ha atrevido a contradecir a la ley de Moisés! Y lo iban a acusar por eso.
Sin embargo, Jesús remite a la consciencia del ser humano: «el que se siente tan inocente, tan sin pecados, que lance la primera piedra». Pero, nadie de buenas a primeras puede declararse sin pecados. Hay que comprender esto: «quien tiene casa de vidrio no tire piedras al vecino». Nuestras propias debilidades deben hacernos comprensivos…
De san Agustín se cuenta que al terminar de leer este Evangelio, fue invadido por las lágrimas, inclinó la cabeza y se echó a llorar como un niño. De manera que tras la Misa, un discípulo le preguntó por qué había llorado tanto. Él contestó: «porque sentí cómo Dios me dio una segunda oportunidad, diciéndome: ‘yo tampoco te condeno‘». Sin duda, él se retrató en esta historia impresionante.
¿Qué podemos hacer nosotros? Esforzarnos en no pecar. Que los que se creen buenos, no anden lanzando piedras a otros… Pues, finalmente, todos tenemos que cambiar. Por tanto, aprovechemos la segunda oportunidad que Dios nos da para convertirnos a Él practicando la misericordia y el perdón en relación a los errores de nuestros hermanos/as.
