Los animales nacen ya hechos, pero el hombre debe realizarse. El hombre está provisto de alma y espíritu, de tendencias hacia lo bajo y hacia lo alto. ¿Por qué? Porque es libre. Puede elegir entre dejarse llevar por los sentidos o controlarlos y alcanzar los bienes más altos. Es decir, debe actuar como Ulises ante las sirenas y desarrollar el coraje de atravesar el estrecho de las penínsulas…
De Jesús se dice que luego de prometerles el Espíritu Santo y darles el mandato de ser sus testigos, sus apóstoles «lo vieron elevarse al cielo». En el Evangelio, luego de darles la bendición «se separó de ellos y se elevó al cielo». ¿Dónde se fue? A la diestra de Dios. Así es como marcó nuestro destino. Por eso, la última morada del cristiano no es el cementerio, sino el cielo.
Por tanto, este suceso de la Ascensión del Señor, nos otorga una gran tarea, la tarea de ascender. De ahí la cuestión: «hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo?». No se trata de quedarse mirando y estático. Se trata de actuar o emprender la tarea de ascender. Y, para ascender, hay que domesticar los instintos, deseos, caprichos, no dejarnos llevar por el placer de lo inmediato para elevarnos a los valores superiores. En eso consiste hacer realidad el fenómeno de la Ascensión.
En tal sentido, el creyente es moralmente superior a los demás porque su vida tiene la ventaja de tender a los valores superiores. Es capaz de disfrutar del canto, sin dejarse vencer por él, porque lleva presente en sí la perspectiva de cielo.
