Ante Dios, lo que hacemos será lo que cuenta. Es decir, nuestras obras. Por eso la pregunta última será: ¿cuánto has amado a tu hermano? Se trata de un amor entregado: «cuando tuve hambre, me diste de comer; tuve sed, me diste de beber; andaba desnudo, me vestiste; en la cárcel, me visitaste…»
Jesús dice: «al árbol se le conoce por sus frutos«, es decir, al creyente se les conoce por sus obras. El apóstol Santiago también dirá: «la fe sin obras no es válida«. ¿Por qué? Porque, como dice el poeta: «obras son amores«. Por tanto, la fe y el amor, se manifiestan con/en las obras.
Por eso, conviene preguntarnos: ¿Dónde está fundamentado nuestra fe? ¿En los caprichos, gustos, ofertas pasajeras? Esto hemos de resolver a la luz de nuestra fe (que brota de Jesús) para producir obras de bien para el Pueblo de Dios. Así lo hicieron los mártires: amaron tanto, y por eso entregaron su vida, es decir, entregaron su vida por amor: amor a Dios y a sus prójimos, por la fe, por las buenas costumbres, por los ideales del Reino de Dios.

