Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Llenó el primer galpón, el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto. Sin embargo, afuera todavía estaban esperando siete carros totalmente repletos, esperando ser descargados. Los obreros le dijeron:
— ¿Qué hacemos ahora?
El hombre pidió un momento de reflexión. Entró en transe y su ángel le dijo:
— Recorre con los carros sobrantes los ranchos de los campesinos y repártelos entre ellos. A la señora Rebeca, dile que se lleve las que necesite para que cubra sus necesidades. A Rubén, que es un pobre muy conocido, dale 24 costales para que pague todas sus deudas.
Dicho esto, el ángel se alejó e, inmediatamente, llegó el diablo y le dijo:
— Usted limita por el norte con el Yo, por el sur con el Yo, al poniente con el Yo y al oriente con el Yo. Interésese por sí mismo y no piense en nadie más.
El hombre, imbécil como era, le hizo caso al diablo y no al ángel de Dios, pues era muy egoísta.
El problema no es sólo el egoísmo sino la avaricia, la codicia y la ambición. Cuanto más tenemos, más queremos. De eso quiere prevenirnos el Señor Jesús. Porque, cuando muramos, no llevaremos nada. Es más, todo lo que acumulamos, es «vanidad de vanidades». Porque la muerte nos va a igualar todo. «Estúpido, lo que has acumulado ¿para quién será?» Ojalá tengamos personas que nos alerten siempre para no caer en la tentación de la avaricia, la codicia y la ambición.
Un día, san Ignacio de Loyola, le preguntó a Francisco Javier:
— ¿Qué quieres ser?
Francisco Javier contestó:
— Rector de Universidad, Ministro, rico, famoso y apreciado por todos.
Luego continuó Ignacio:
— ¿Y después?
Francisco Javier contestó:
— Y después… morir.
E Ignacio siguió:
— ¿Y después?
El joven Francisco Javier se entristeció y, gracias al ¿después qué?, dejó de buscar vanidades y se dedicó a ganarse la gloria eterna por medio de sus buenas obras.
¿Y después qué? En eso había que pensar. Podría funcionar como un alerta para convertirse a Dios y elevarse hacia los bienes del cielo. San Pablo dice: «Busquen los bienes del cielo, no los de la tierra». Jesús también dijo: «atesoren tesoros en el cielo». ¿Cómo es posible esto? San Bernardino decía: «tienes tiempo para visitar enfermos, tienes palabras amables para consolar a los tristes y desanimados, manos para ayudar a otros, pies para ir a visitar a un preso. Eso vale más que mil tesoros materiales». Así será posible atesorar tesoros en el Cielo.
Sin embargo, no soñemos con ayudar a otros con los bienes de otros. Las ayudas son solamente válidas cuando ayudamos de lo que tenemos. No se trata de ayudar con lo ajeno. Eso no se llama ayuda. Se llama robo. Y el robo es propio de los socialistas y comunistas.
Había un hombre que decía: «Si tuviera dos vacas, daría uno a los pobres; si tuviera dos fincas, daría un a los pobres; si tuviera dos carros, daría uno a los pobres». Entonces, el interlocutor le preguntó:
— Si tuvieras dos gallinas, ¿darías también una para los pobres?
El hombre contestó:
— No, eso sí que no. Porque las gallinas sí las tengo.
Así somos aveces. Es fácil andar haciendo planes para ayudar a otros con bolsillos ajenos. Los que están a favor de repartir lo que no es suyo sino de otros, se parecen al rico estúpido, que no piensa más que en él. Nosotros, en cambio, busquemos ayudar a los demás con los bienes que provienen de nuestro esfuerzo. En eso consiste la verdadera ayuda.
