El perseguidor le dijo a un mártir: diga su ultimo deseo. Él contestó: recibir el premio de la Vida Eterna. Preguntó el perseguidor: ¿usted piensa que ese premio sí va a recibir? El mártir contestó: No solo pienso. Lo sé. Estoy absolutamente seguro. Eso se llama tener fe. Por eso dice la Escritura: «La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve». De hecho, los israelitas antiguos eran muy creyentes. Por eso dice: «tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables».
Esto significa darle primerísima importancia a lo que nos espera en la Vida Eterna. En una urna del Corazón de Jesús, las carmelitas solían dejar unos papelitos con mensajitos. Luego, cada fin de semana, ellas solían tomar uno de ellos para leerlos delante de las demás. Santa Teresita leyó: «Que si en cualquier momento de tu vida te preguntan: ¿qué estás haciendo? Puedas responder: estoy amando a Dios». Le gustó este mensaje para tenerlo siempre presente. ¡Qué hermoso modo de estar preparados! Y, a nosotros, ¿cómo nos gustaría que nos encuentre Cristo cuando venga a llevarnos? Eh ahí el detalle. Por eso nos advierte hoy: ¡Estén preparados!
Un joven había ido a la Misa. En el sermón había escuchado: «cuando llegue Cristo a pedirnos cuentas, tendremos un destino para siempre…» Este mensaje daba vueltas en su cabeza. No podía dormir. Su mamá le dijo: reza el acto de contrición y encomiéndese al Señor. Al día siguiente, fue a consultar con el misionero quien le dijo: «si quieres que ese para siempre… sea de premio o castigo, debes vivir cada día como si en ese día tengas que morir y ser juzgado por Dios». Ese consejo le agradó tanto que tomó la decisión de vivir en adelante para recibir de Dios un Premio que sea para siempre. Así se convirtió en un gran santo: San Antonio María Claret. ¿Tú, qué prefieres, un CASTIGO o un PREMIO que sea para siempre?
