Agustín significa “consagrado, bendecido”. Es uno de los santos más famosos de la Iglesia, después de Jesucristo y de san Pablo. Tras una juventud borrascosa, una vida mundana, de faltas y miserias morales, gracias a las súplicas y lágrimas de su madre, después de haber escuchado de la boca de Romaniano, la historia de san Antonio Abad que había dejado riquezas y comodidades y se había marchado al desierto a rezar y hacer penitencia, exclamó: «Si estos hombres pudieron ser santos, ¿por qué yo no puedo serlo? ¿Qué es lo que me impide dar este paso?». Y fue entonces que, cuando en la casa de la vecina, unos niños que jugaban y repetían mucho la frase: «Toma y lee!! ¡Toma y lee!! ¡Toma y lee!!
Él, que no recordaba haber escuchado nunca repetir esa frase, nada menos que en un juego de niños, consideró aquello como un aviso especial de Dios y abrió el primer libro que estaba a su alcance. Era la Santa Biblia. Cuando la abrió, se encontró con el versículo que decía: «Basta de bebidas y comilonas, basta de lujurias y desenfrenos, basta de rivalidades y envidias. Revístanse más bien de Jesucristo, y no se preocupen de satisfacer los deseos de su cuerpo» (Romanos 13,13-14).
Aquello fue como un relámpago en su cerebro, empezó a llorar y se dio cuenta de que, hasta entonces, su comportamiento había sido todo lo contrario de lo que Dios manda en estas frases que acababa de leer, y que era necesario empezar una vida totalmente nueva y distinta de la anterior. Tenía 32 años, los siguientes 40 años serán de sorprendente santidad, progresando cada vez más y más. Este pasaje de su vida lo plasmó en su obra más relevante, las Confesiones: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva! Tarde te amé. Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba, y me lanzaba sobre las cosas hermosas creadas por Ti”.
Lo anterior quedó oleado y sacramentado por la obra de su madre que, en su hijo Agustín, había logrado todo lo que anhelaba, la conversión de su hijo. Ahora podía partir contenta para la eternidad. Y entonces sucedió que, viajando con Agustín para el África, antes de embarcarse en el puerto de Ostia, ella se sintió morir, y llamando a su hijo le dijo emocionada:
— ¿Que me queda por esperar en esta vida? Ya he logrado lo que más deseaba: verte cristiano católico.
Y expiró en sus brazos dulcemente. Agustín la lloró amargamente y durante toda su vida guardo aquel recuerdo, como el tesoro más preciado de su juventud.
Ya de obispo, Agustín escribió un tratado sobre La Gracia, en el que señaló con firmeza que nadie logra ser bueno ni santo si Dios no le envía gracias o ayudas especiales para serlo.
Combatió el maniqueísmo, que defendía que en el mundo hay dos fuerzas irreconciliables: el bien y el mal. Pero san Agustín les aclaraba diciendo que el mal no tiene existencia propia. Representa simplemente la lejanía con relación al bien. De la misma manera, luchó contra el pelagianismo que afirmaba que uno, por sus propios esfuerzos puede conseguir la santidad, sin necesidad de la gracia de Dios. Lidió también con los donatistas, que admitían en su religión sólo a los puros y no a los pecadores, es decir, no había lugar para los conversos a la fe cristiana. Asimismo, escribió uno de sus libros famosos: La ciudad de Dios, para confirmar que, aunque a primera vista ciertas cosas que nos suceden parecen ser malas pero que, en realidad, ocurren para nuestro bien, conforme al plan de Dios. Es decir: “Todo sucede para bien de los que aman a Dios” (Romanos 8,28).
Finalmente, el 28 de agosto del año 430, se cumplió lo que ya había escrito en sus Confesiones: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”. Y, luego, descansó en la paz del Señor.
San Agustín de Hipona, Ruega por nosotros.
