Los cristianos somos ciudadanos de dos ciudades: la ciudad terrestre y la ciudad celestial. En la 1ra ciudad, hemos de cumplir con nuestras obligaciones civiles (pagando por los servicios que recibimos). Porque, en esta vida, nada es gratis. El que dice que algo es gratis, es un mentiroso. Por eso Jesús nos recuerda: «dar al César lo que es de César«. Por tanto, si pagamos por los servicios recibidos, a su debido tiempo, somos buenos ciudadanos.
En la 2da ciudad, de acuerdo con Jesús, hay que «dar a Dios lo que es de Dios«. Ciro fue ungido para dar a conocer que «el Señor es el único Dios«. Nosotros también fuimos ungidos el día de nuestro Bautismo para hacer conocer a Dios mediante la práctica del bien, la proclamación de la verdad y la práctica de la justicia. Es así como «damos a Dios lo que es de Dios» y nos constituimos en miembros de la ciudad celestial.

