Jesús nos invita a «hacer siempre lo que Dios quiere». Moisés hizo lo que Dios le mandó. Entonces, el agua brotó de la roca del desierto. Y Pablo comprende que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado». La samaritana acepta a Jesús, hace lo que Dios quiere y cambia de actitud. Y nosotros, ¿cómo podemos hacer lo que Dios quiere?
- Recobrando nuestra dignidad. La samaritana tenía sed de amor. Pero esa sed no pudo satisfacer los varios maridos que tuvo. Pero ante Jesús consigue «verse a sí misma tal como es» como le sucedió a Pedro. Sólo cuando uno toma consciencia de sus pecados puede plantearse el reto de ser un mejor cristiano, persona, estudiante, profesional, etc. Esa es la batalla que hemos de librar.
- Esforzándose por cumplir los mandamientos. Es preciso aceptar sin más los mandamientos y cumplirlos. El que así obra, despertará al héroe que lleva dentro. Por eso dice san Agustín: «Nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti». La santidad es un fuego que hay que encender haciendo lo que Dios quiere.
- Contagiando con nuestra fe. Un cristianismo que no es difusivo, fervoroso ni contagioso no es verdadero cristianismo. Es de baja ley, light o chapucero. Hay que darle el toque especial. Nuestra vida debe ser llajuadita. Una niña dijo a su madre: «Mamá, ¿cómo supo ese padrecito todo lo que ha sucedido en casa?». Contagiemos a los demás con nuestra forma de ser.
