En la ciudad de Londres había un zapatero que tenía grandes deseos de ver a Jesús y hacerle algunos favores.
Una noche, sucedió que estando dormido, soñó que Jesús le salió a su encuentro. Él lo recibió con mucha gratitud. Pero Jesús, cabalmente, le pidió unos favores: necesitaba ropa, comida y vino.
Afectado por aquel sueño, al día siguiente, le preparó a Jesús una mudada de ropa, abundante comida y vino, con la esperanza de recibirle en su casa. Él había previsto que Jesús estaría visitándole a la hora del almuerzo.
Pero, ocurrió que para la esperada hora nadie se presentó y el hombre se desesperó. Sin embargo, más tarde, alrededor de las 14:00, sonó el timbre de su casa. Cuando acudió a la puerta, encontró allí a un hombre harapiento y buscando trabajo. El hombre le dijo:
— Señor, necesito su ayuda. Como usted puede ver, no tengo buena ropa y necesito trabajar. La gente no me contrata por no estar bien vestido.
Entonces, el dueño de casa le dio la ropa que había preparado para Jesús. Más tarde, se presentó en la puerta de su casa una mujer que tenía consigo tres niños muy mal alimentados y sucios. El hombre sintió lástima por ellos y les dio de comer a ella y a sus hijos. Ellos comieron hasta saciarse y se fueron muy agradecidos.
Alrededor de las 19:30 de la noche, se presentó en la puerta de su casa un hombre que tenía una receta médica que indicaba que él necesitaba tomar un vaso de vino tinto durante 21 días para equilibrar su ritmo cardíaco. Pero, como no tenía dinero, se lo pidió muy encarecidamente al zapatero. Éste, viendo la situación, le dio todo el vino que había preparado para recibir a Jesús en su casa.
Al finalizar el día, el zapatero, tras no haber recibido a Jesús en su casa, tuvo que conformarse con haber ayudado a ciertas personas en su necesidad. Pero, esa noche, durante el sueño, soñó que Jesús le decía: “todo el bien que habéis hecho con mis humildes hermanos, los pobres, conmigo lo habéis hecho” (Mateo 25,40). Y gracias a este mensaje, el zapatero, comprendió que tanto en el hombre harapiento, como en la mujer de tres hijos y el hombre con problemas cardíacos, había ayudado al mismísimo Jesús.
