Moisés, orando sin desanimarse ni cansarse, consiguió la victoria para su pueblo; la mujer del Evangelio, que le pidió insistentemente al juez «que le haga justicia contra su adversario», consiguió al final lo que buscaba; son modelos del poder que tiene la oración. Por eso Og Mandino decía: «Muchos milagros y muchas victorias se consiguieron mediante repetidas, frecuentes y fervorosas oraciones». Es que en la vida real ocurre lo que ya afirmó Henry Ford: «Desistir es la salida de los débiles, insistir es la alternativa de los fuertes».
Un ejemplo claro de aquello es lo que hizo Santa Mónica. Rezó durante 30 años y consiguió la conversión de su esposo Patricio y la de su rebelde hijo que se convirtió en un gran santo. Lo propio hizo Santa Rita de Casia —patrona de los casos imposibles—, que tenía un feroz marido que parecía irremediablemente condenado y sus dos terroríficos hijos que seguían la conducta de su padre, y obtuvo la conversión de los tres gracias a sus fervientes oraciones. Sucede también con una madre cuyo esposo va al colegio para inscribir a su hijo y cuando le dicen que ya no hay plazas disponibles, él simplemente regresa a casa. Pero ella va e insiste y, al final, consigue la plaza y logra inscribirle a su hijo. Estas mujeres no son sino ejemplos de oración ferviente.
¿Cómo oramos nosotros? ¿Oramos de verdad? Es verdad que yo rezo porque soy sacerdote y religioso. Para mí, orar es un deber que cumplir. Y ¿para ti, que tienes tantas tareas? Por lo menos deberías rezar el Padre Nuestro, al empezar el día, y un Ave María para concluir el día. El día domingo, en cambio, ir a Misa no ha de ser una opción sino un deber para que Dios corone tu semana y acompañe el comienzo de una nueva. Todo esto hay que hacerlo en familia. Verá usted que todo mejorará. ¿Podemos hacer algo tan sencillo en nuestras casas? Paz y bien.
