Un sabio llamado Hillel prometió un premio a quien fuera capaz de resumir en una frase toda la Santa Biblia. Este resumen lo hizo nuestro Señor Jesucristo, cuando le preguntaron: «Cuál es el primero de los mandamientos«. Jesús le contestó: «el primero es amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo«. Por tanto, la verdadera religión consiste en «amar a Dios y al prójimo«. Esto «vale más más que todos los sacrificios y holocaustos«.
A partir de lo anterior, primero, hemos de comprender que nuestro amor a Dios ha de ser total. Es decir: no voy a ir a la fiesta, no tomaré alcohol, no robaré, no me enojaré, no flojearé, más bien, ayudaré, curaré a los enfermos, perdonaré, haré mis tareas, estudiaré… todo por amor a Dios. Hemos de hacer todo el bien que sea posible por amor a Dios.
Segundo: hemos de dedicarnos a amar y ayudar a los demás. ¿Cómo? Con nuestras obras, pues «Obras son amores«. ¿Por qué? Un hombre tenía tres amigos. Cayó enfermo y le anunciaron que debía comparecer ante el juez. Se acordó de sus amigos y les pidió que lo acompañaran ante el juez. El primero dijo: yo pagaré los gastos de tu viaje. El segundo, dijo: te acompañaré hasta la puerta del tribunal y luego regresaré. El tercero dijo: yo iré contigo y te acompañaré ante el tribunal.
¿Quién es ese amigo que nos acompañará ante el tribunal? Ese amigo se llama: buenas obras. Por tanto, hagamos obras y más obras de bien, como san Martín de Porres, porque ellas nos defenderán ante el tribunal de Dios.
