Cierta vez, en una mina donde ya no rendía la explotación de mineral, los trabajadores la abandonaron. Pero, uno de ellos, quien aún tenía la esperanza y le quedaba algunos enseres con qué trabajar, comenzó a trabajar solito.
Después de mucho trabajo y tiempo, en uno de esos intentos, descubrió un beta de plata de alta ley. Entonces dijo para sí: «ahora sí, que nadie venga a decirme que esta mina no rinde. Es mi suerte. Yo la encontré». Y se llenó de orgullo.
Casi siempre nos ocurre así. Por las muchas cosas que sabemos lograr o conseguir, rápidamente nos enorgullecemos, ensoberbecemos, nos creemos autosuficientes, arrogantes e incluso caemos en el desconocimientos de Dios. Cuando esto sucede, lo que provocamos es la decepción de Dios. De ahí el lamento de Jesús: «¡Ay de ti Corozaín, ay de ti Betsaida! Si en Tiro y Sidón se hubieran realizado los milagros que vieron, se hubieran convertido».
Nosotros, en cambio, no nos hemos hecho católicos para decepcionar a Dios, sino para confiar en Él, amarlo, alabarlo y respetarlo como Él se merece. Confiar plenamente en Dios y trabajar para que todos vivamos como hermanos, sea para nosotros lo primordial en nuestra vida.
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