Se cuenta de san Vicente de Paúl que un hombre rico le regaló un costalito de monedas de oro y plata. Luego fue a la cárcel y le dijo al guardia: lácele este costalillo a la cara de un preso. El guardia fue y la lanzó. El preso se enfadó diciendo: aquí me tienen preso y ¿todavía me lanzan ese costalillo? Y nunca se dio la molestia de averiguar qué contenía. San Vicente cogió nuevamente la talega y se fue más adelante.
Allí, al encontrarse con otro guardia, le dijo: láncele este costalillo a algún preso. El guardia la tomó y luego le lanzó a la cara de uno de los presos. Este, sangró por la nariz, pero se dio la molestia de mirar qué es lo que contenía y descubrió que en la talega habían monedas de oro y plata. Luego las contó y vio que justo había la cantidad que necesitaba para pagar su fianza y salir de la prisión. Después avisó a los guardias y les contó la noticia. En ese momento, entró san Vicente y le dijo: te felicito por no enfadarte por el golpe que has recibido, pero también por inspeccionar qué es lo que contenía la talega. Y así es como aquel preso pagó su fianza y salió de la cárcel.
Si una persona a menudo se enfada, es grosera, obscena o inmoral, puedes estar seguro que así es «por dentro». Si una persona siempre es amable, que te anima y es educada, puedes estar seguro de que así es «por dentro». Por eso dice Jesús: «la boca habla de la abundancia del corazón«. Acumulemos en nosotros sentimientos de paz, amor, fidelidad, comprensión, amabilidad, lealtad, entre otros, así saldrá de nuestra boca palabras de gracia y bendición.

