Su nombre fue Juan. Lo que pasa es que de pequeño se enfermó gravemente. Su madre le presentó a san Francisco de Asís y, éste, al verlo, dijo: «Buena ventura» que significa: «Buena suerte. Buen éxito». Y el niño se curó. Por eso, más tarde, cambió su nombre de Juan a Buenaventura. Hoy, san Buenaventura. Su vida pareció reflejar el significado de su nombre, pues tuvo buena suerte y buen éxito.
Posteriormente le llamaron «Doctor seráfico» porque «Serafín» significa: «el que arde en el amor de Dios«. Solía decir él, que «la perfección de la vida cristiana consiste en hacer bien las acciones ordinarias y todo por amor de Dios«. Un día fray Gil le dijo: «quién soy yo sino un ignorante ante alguien tan inmensamente sabio«. Buenaventura le contestó: «Fray Gil, borriquillo de Dios, aunque seas el más ignorante, si amas a Dios más que yo, estarás más cerca de Dios en el cielo que Buenaventura«. Al final el puesto en el cielo dependerá del grado de amor que hayamos tenido a Dios.
Por tanto, hay que cultivar el amor cada día, la bondad en el trato y una amabilidad de tal forma que sea posible ganarse a todos los corazones. Eso significa ser sal y luz para el mundo, tal como dice Jesús: «ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo«. Así es como san Buenaventura, por medio de su ciencia y doctrina, y su bondad en el trato con los demás, conquistó la santidad. De ahí que santo Tomás de Aquino, al verlo escribir la vida de san Francisco, dijo: «Dejemos que un santo escriba la vida de otro santo«. De hecho, ambos, se tenían una admiración mutua.

