Un hombre fatalista dijo: «yo soy así… Genio y figura, hasta la sepultura. Es inútil; a mí ya nadie me compone«. Una persona fatalista es como un fariseo, alguien que piensa que las cosas son estáticas y que no están sujetas a cambios. Está muerto en vida.
De ahí las razones de Norman Cousins: «la tragedia de la vida no es la muerte, sino que nos dejamos morir por dentro mientras aún estamos vivos». Por eso Jesús les dice a los fariseos: «misericordia quiero y no sacrificios«. La misericordia siempre ve el lado positivo de las personas. En eso consiste también la compasión. En cambio, los sacrificios son rígidos, porque tienen que ajustarse a la ley y, la ley, no perdona a nadie. Por eso la ley, incluso, termina «condenando a inocentes«.
En la ciudad de Chicago, cuando visitamos a un centro de rehabilitación «Queen Of Peace» de los adictos al alcohol, leí una oración que todos deberíamos aprender: «Señor: dadme serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar. Dadme valor para cambiar lo que sí se puede cambiar. Y dadme luz y sabiduría para distinguir la diferencia» (AA. AA.).

