Frecuentemente nos dejamos llevar por los prejuicios que nos creamos con respecto a los demás. A veces somos muy precipitados en nuestros juicios, pareceres, censuras, etc. Decimos cosas sin reflexionar ni meditar. Y así caemos en las garras del prejuicio. Tendremos que tomar en cuenta, que: «así como juzgamos a otros, así también seremos juzgados por Él».
¿Qué nos queda? Ser como Jesús: ser capaces de ver lo mejor de cada persona. Enfocarnos en lo positivo que resplandece en cada persona. Hay que aprender a desechar lo negativo y los prejuicios de nuestras mentes con relación a las demás personas. Porque a quien podemos cambiar no es a las otras personas, ni siquiera al contexto, sino a nosotros. Por lo tanto, es mejor fijarse en la viga que llevamos en nuestro ojo, que en la paja que hay en el ojo de nuestros hermanos/as.

