Santo Domingo encontraba un goce especial al leer libros religiosos y hacer caridad con los pobres. Habiendo una gran hambre en la región, Domingo repartió todo lo que tenía, incluso vendió lo que más amaba: sus libros. Con los recaudos de la venta de, ayudó a muchos menesterosos. Solía decir: «No puede ser que Cristo sufra hambre en los pobres, mientras yo guarde en mi casa algo con lo cual puedo socorrerlos«.
Como fruto de esa comprensión, llevaba una vida de pobreza y santidad de conducta que impresionaba a las gentes de su tiempo. Sus armas eran la oración, paciencia, penitencia e instrucción a los que no conocían la religión católica. Decía también que «con la humildad sí se ganan los corazones«, pues comprendió lo que Jesús decía: «quien cumpla y enseñe (la Palabra de Dios) será grande en el Reino de los cielos«.

