Tomás representa la actitud científica del ser humano que se basa en la evidencia empírica, en la verdad cruda, tal como se manifiesta. De ahí su exigencia: «si no veo la marca de los clavos en sus manos y no meto mi mano en su costado, no creeré». En cambio, Jesús representa la actitud de fe, proclamando «Felices lo que creen si haber visto».
El doce de febrero del año pasado, se encontraron en la Curia Romana dos mentes, dos revelaciones, cara a cara. Por un lado, el hombre de fe y, por otro, el hombre de razón. El Papa Francisco («cuando tuve hambre…») y Javier Milei (evidencia empírica, datos, resultados…). Se encontraron como si fueran grandes amigos. Hablaron de la situación social de Latinoamérica, de las guerras incesantes de África y de las constantes crisis humanitarias a nivel global. De pronto, el Papa, indicó:
— La verdadera grandeza de un líder está en cuidar a los que más sufren. Cuando se olvida a los pobres, el poder se convierte en vanidad.
Milei, sin incomodarse, contestó:
— Santo Padre, la caridad forzada por el Estado no es amor. Es esclavitud disfrazada de compasión.
En esas dos intervenciones se ve claramente las dos posturas fundamentales del ser humano. La del hombre de fe y la del hombre de razón. Parecen contradictorias, pero no lo son. Pues ambos representan la verdad: la verdad de la fe y la verdad de la razón. Ambas herramientas, razón y fe, solía unirlos Pasteur, diciendo: «poca ciencia, aleja de Dios; mucha ciencia, aproxima a Dios». ¿Cuál es el papel que a nosotros nos corresponde? Utilizar esas dos fuerzas para nuestro bien espiritual y material, y para ser mejores testigos del Señor Resucitado.
