Dios le habló a Abraham y éste, tras escucharlo, cambió el rumbo de su vida: de pastor pasó a ser «Padre del Pueblo de Israel». No se distrajo. Se puso en acción. El Evangelio insiste en «escuchar a Jesús». Jesús necesita la calma para ser escuchado. Pero nosotros, corremos mucho, «mañana tras mañana, enfebrecidos», y perdemos la concentración y nuestra capacidad de atención se reduce a lo mínimo, a 8 segundos (Canadá). Luego, contraemos estrés, ansiedad, depresión, migraña, entre otros. De ahí surge la imperiosa necesidad de hacer silencio para escuchar a Dios y aquietar la mente.
- Hacer silencio. Para escuchar a Dios en la oración, en su Palabra y en las necesidades del hermano. Escuchar es la base del conocimiento y, conociendo, es posible amar. Hoy en día tenemos la maravillosa capacidad de estar conectados, informados y localizados, pero sin poder escuchar a Dios. Para un judío, el primer mandamiento es: «Shemá Israel», es decir, «Escucha Israel». Jesús mismo dice: «Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica».
- Aquietar la mente. Dios nos habla cuando estamos en calma. Le habló a Samuel. Éste contestó: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». ¡Qué gran actitud! Con Elías sucedió que, estando en la cueva de Horeb, pasó un terremoto, un viento huracanado y un fuego abrazador. Dios no estaba en ellos. Luego pasó una «brisa suave». Y Dios estaba en ella. Elías se cubrió el rostro y habló con Dios en el silencio. Entonces Elías recobró la fuerza que necesitaba.
Por tanto, frente al «mundanal ruido» es preciso aprender a escuchar a Dios en el silencio y en la quietud de la mente para recobrar las fuerzas y cumplir con los propósitos de Dios.
