Vencer las tentaciones nos hace más fuertes y resistentes. No hace falta ver al diablo, como le sucedió a Lutero. Lo que hay que hacer es entrenarnos para darnos cuenta de que el poder más temible del demonio consiste en que es capaz de penetrar nuestras defensas exteriores y nos ataca en la misma interioridad de nuestros espíritus. Él tiene como aliados y armas nuestros pensamientos, imaginación, orgullo y deseos. Por eso, «lo importante NO ES NO TENERLAS, sino LOGRAR VENCERLAS» (San Isidoro). ¿Cómo vencerlas?
- Aprender a depender de Dios ante la tentación del milagrismo, que dice: «convierte estas piedras en panes». El diablo le ofrece lo fácil: obtener triunfos y éxitos sin esforzarse. Cuando Jesús contesta diciendo: «no solo de pan vive el hombre» está recalcando que es importante orar, leer la Biblia y trabajar como si todo dependiera de nosotros en beneficio de los demás.
- Aceptar riesgos por cumplir los mandamientos ante la tentación del triunfalismo que dice: «tírate abajo y los ángeles te recibirán…». Es decir, haz algo maravilloso para recibir aplausos, fama y brillo. Lo maravilloso es «pan para hoy y hambre para mañana». Por eso Jesús replica: «No tentarás al Señor tu Dios». Esto implica obedecer los mandamientos, cueste lo que cueste.
- Honrar el carácter insobornable de la fe cristiana ante la tentación del politiquerismo que dice: «Te daré todo esto si me adoras». Es decir, el diablo quiere «negociar». ¡No! No es posible negociar con el mal. Por eso Jesús responde: «Sólo a Dios adorarás y darás culto». No hay medias tintas. ¿Convertir el cristianismo en poder político? ¿Que las misas sean bailadas o folklóricas? No es posible.
