La superioridad moral del creyente consiste en «comportarse de una manera adecuada y digna de la vocación que ha recibido» de Dios en Cristo. La vocación del creyente es ser el alter Christus, o sea, ser otro Cristo, representante de Dios en el mundo. Por eso nuestras características básicas han de ser la humildad (pecadores), la amabilidad (pensar y hablar bien) y la comprensión (empatía). Por tanto, somos superiores moralmente porque:
- Nuestro alimento espiritual es Cristo en cada Eucaristía. Como dice la Escritura: «dáselo a la gente para que coman… Pues dice el Señor: comerán y sobrará«. Jesús también, en el Evangelio, dio de comer a 5.000 personas hasta saciarlos y aún así sobró 12 canastas. Por eso, San francisco de Asís insiste: «ved que diariamente se humilla, como cuando desde el trono real descendió al seno de la Virgen; diariamente viene a nosotros Él mismo en humilde apariencia; diariamente desciende del seno del Padre al altar en manos del sacerdote«.
- Representamos a Dios. ¿Cómo? Es que, como dice Santa Teresa: «Dios no tiene manos, sino nuestras manos, para hacer hoy su labor; Dios nos tiene pies… labios… medios sino nuestra acción…«. Por eso dice la Escritura: «dado que eres precioso a mis ojos, eres digno, Yo te amo«.
- Representamos el bien, el respeto, el trabajo, la luz, la fe, la esperanza, la caridad, la solidaridad, la paz, la salvación. No somos hijos de la tinieblas sino hijos de la luz.
Entonces ¿qué es mejor para nuestra vida, creer en Dios o no creer? Para nosotros, sin duda, es mejor creer en Dios que no creer en Él. Esa es la razón del por qué estamos reunidos en esta Eucaristía.
