Israel protestaba ante Dios en el desierto. Ante tantas murmuraciones, Moisés les dijo: «Este es el pan que el Señor les da como alimento«. Algo parecido sucede en el Evangelio. Les dice Jesús: «os aseguro que ustedes no me buscan por haber comprendido una señal sino por haberse hartado con los panes«. Al final advierte: «Yo soy el pan de vida, el que coma de este pan vivirá para siempre«.
El anhelo de la esclavitud en el desierto, la vida fácil, la vida de vaciedad de criterios: lleno de amargura, arrebatos, ira, gritos, insultos y maldades, son advertencias de que necesitamos cambiar. Un cambio, del hombre viejo al hombre nuevo, a un nuevo modo de vivir, de justicia y santidad. Por tanto, hay que acabar con ese viejo.
Conocemos dos tipos de hambre: el hambre físico (depende de alimentos materiales) y el hambre espiritual (depende de alimentos que duran para siempre). El hambre espiritual solamente podremos saciar mediante la fe, o sea, creyendo en Jesús, en lo que él ha hecho y dicho a cerca de Dios.
Quizás hemos de ser como san Agustín, quien dijo: «nos hiciste para ti , Señor, y nuestro corazón estará inquieto y sin paz hasta que descanse en Tí«. San Leonardo cuenta la historia de un viejito que vivía en una cueva, aislado del resto y enfermo. Le preguntaron si no se aburría. Y él les contestó: «cuando me aburro, voy a la puerta de la cueva y miro hacia arriba y me vuelve la alegría«. Pues miro hacia el cielo, y me digo: allá no habrá dolor, sufrimiento, muerte, ni vejez sino alegría, gozo, juventud y salud.
