La imagen del «Siervo sufriente» refleja a Jesús que anuncia «que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser condenado a muerte» tal como lo pensó Dios. Nosotros creemos en el Hijo de Dios que se entregó por nosotros. Porque para redimir, hay que sufrir. He ahí la necesidad del sufrimiento y del dolor. Winston Churchill solía decir a los suyos: «les ofrezco sangre, sudor y lágrimas«. Pero más tarde les dijo: «de derrota en derrota, hemos llegado a la victoria final«. Por eso san Ignacio puntualizaba que «quien sigue a Jesús en las penas, le seguirá también en la gloria«.
San Pablo insiste: «si crees, serás salvo» y Santiago complementa: «la fe sin obras está muerta«. Porque, sucede que Satanás también cree, pero no se salva porque no hace el bien. Por tanto, cuán necesarias son las obras pues, buena parte de ellas, exigen sacrificio, sufrimiento y dolor. Santa María Mazzarello solía decir: «si soy capaz de decir no a mis caprichos e instintos, a mi pereza e inactividad, entonces me estoy asegurando la vida eterna«.
¿Saben por qué se cerró el coliseo romano? Un día, intervino el monje Telémaco cuando estaban a punto de comenzar la lucha de dos hombres. Sin embargo, sucedió mataron a Telémaco, la gente dijo, «han matado a un santo«. Pero la gente tomó consciencia de aquello, y se cerró el coliseo para siempre.
Es relativamente fácil decir, «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios«. Pero, ponerlo por obra es difícil, porque se trata de dar la vida, gastar la vida. ¿Se imaginan a una mujer diciendo “no quiero tener hijos porque criar a un hijo es muy trabajoso, sacrificado y fatigoso”? Sería una actitud satánica. Lo mismo que los que dicen: yo quiero “que mis hijos no sufran como yo sufrí”. Porque sólo se puede ser carismático, un gran hombre o una gran mujer, con esfuerzo, con entrega, hay que estar dispuestos a dar la vida. Hay que estar dispuesto a cargar la cruz todos los días.
