En los albores de su conversión, Francisco de Borja (1510-1572) había sido el encargado de llevar el cadáver de la reina de España hasta la ciudad donde iba a ser sepultada. Se trataba de los restos de una mujer bellísima y que había muerto muy joven.
Transportar aquel cuerpo mortal de la reina duró varios días. Pero, sucedió que cuando llegaron al lugar indicado y destaparon el ataúd de la reina, el cuerpo estaba completamente putrefacto y maloliente. Francisco, se conmovió hasta las entrañas de su alma y se propuso con firmeza: “ya nunca más me dedicaré a servir a jefes que se me van a morir. A partir de ahora serviré únicamente a Jesucristo que vive para siempre”.
Siendo éste el detonante de su conversión a Dios, llegó a ser nada menos que el superior de los jesuitas en 1554. El propio san Ignacio de Loyola le nombró superior de los jesuitas, gracias a su espíritu de humildad para asumir las tareas asignadas, sus sacrificios y mortificaciones, con los cuales pudo dominar su orgullo. De hecho, los primeros años de su vida religiosa, los superiores le asignaron el rol de ayudante del cocinero, cuyo oficio consistía en acarrear agua y leña, encender la estufa y limpiar la cocina. Cuando por alguna razón se estropeaba, por ejemplo, un plato o un vaso, tenía que pedir perdón de rodillas y en público a toda la comunidad. Todo esto lo cumplía fielmente, sin quejas ni protestas, pues sabía que si no dominaba su orgullo no iba a llegar a la santidad.
Tal fue su humildad que, en cierta ocasión, antes de hacerle una curación dolorosa, el médico le advirtió:
— Lo que siento es que, su excelencia, esto le va a causar un tremendo dolor.
A lo que él contestó:
— Lo que yo siento es que usted le diga excelencia a tan grande pecador.
Así de humildes son los santos. San Francisco de Borja, ruega por nosotros.
