«Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor» dice san Agustín (420). Por tanto, todo lo que necesitas es amar. Pero, hay un librito que titula «El amor no basta». Eso quiere decir: que hay que hacer méritos, hay que entrenarse en el amor satisfaciendo los buenos caprichos cotidianos. Por ejemplo: si a tu pareja le gustan los helados, no le hagas faltar los helados. Que siempre hayan helados en tu casa. No importa que se engorde o se le caigan los dientes. Lo importante será no hacerle faltar los helados. Y tu pareja siempre estará feliz a tu lado.
Por eso, para Jesús el cumplimiento del mandamiento de amor a Dios pasa por «el amor al prójimo». A Jesús le preguntan: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar vida eterna?». Y Jesús le dice: «amarás al Señor… y a tu prójimo…». Como el fariseo quería justificarse, preguntó: «¿Y quien es mi prójimo?» Entonces le contó la parábola del Buen Samaritano. Luego, preguntó: «¿cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado?». El fariseo contestó: «el que tuvo compasión de él». Entonces, Jesús, le mandó: «Vete, y haz tú lo mismo».
Esa es la tarea fundamental en la que hay que entrenarse: en «amar a nuestro prójimo» así como Dios nos ama. Por eso dijo san Pablo: «el que ama a su prójimo, ha cumplido la ley» (Rm 13,8).
