Un padre de familia y su hijo salieron a comprar al mercado. Él compraba ciertas cosas de gente sencilla, a precios muy altos, aunque no las necesitaba. Entonces, el hijo le preguntó muy intrigado: papá ¿por qué compras esas cosas que no necesitamos en casa? El padre le contestó: Es generosidad envuelta de dignidad, hijo. Es que la generosidad dignifica al que ayuda como al que recibe la ayuda.
La viuda de Sarepta, a pesar de su pobreza y confiando en la promesa de Dios, fue muy generosa con el profeta Elías. Generosa también fue aquella viuda que, a pesar de su indigencia, puso en el arca del tesoro del Templo «todo lo que tenía para vivir«. Este hecho le sorprendió demasiado a Jesús.
Un rey que había destinado un fondo para construir un castillo, le dio a su hijo para que ejecutara el proyecto. Pero este, se lo pensó: construiré el castillo pero con un material de tercera y el resto del dinero será para mí. Así lo hizo. Pero cuando terminó de construir, dijo a su padre: ya está construido el castillo. Aquí están las llaves. Sin embargo, su padre le devolvió diciéndole: te entrego el castillo que construiste, es tuyo. Es tu herencia. Todo lo que haces tiene un efecto rebote, para tu bien o para tu mal.
En consecuencia, es mejor ser generoso y enseñar a ser generosos. Esta es la tarea más loable que el ser humano puede realizar en su paso por este mundo, porque «no hay nada que satisfaga más que ayudar sin esperar nada a cambio«.
